LA PRIMERA Y ÚLTIMA VEZ QUE MIRE A CAPABLANCA :✍️♟️
“La primera vez que vi a Capablanca fue la última. Mi madre me llevó a verlo... Mi madre, tengo que decirlo, no tenía idea de lo que era el ajedrez, pero sí sabía quién era Capablanca. Todos en Cuba lo sabíamos, Una tarde casi a primera noche, con lágrimas en sus ojos nos arrastró a mi hermano y a mí (niños aún) a ver a Capablanca.
Salimos después de comer y salimos muy apresuradamente, en las calles, observe curioso a muchas personas que seguían el mismo rumbo que nosotros, llegamos a nuestro destino, el Capitolio Nacional, cuando casi era de noche.
El enorme edificio blanco estaba iluminado para una fiesta, a la que íbamos(según yo en mi inocente juicio infantil) .
Llegamos, jamás había visto tantas personas en mi vida, sobre todo muchas mujeres que lloraban y gritaban incontrolables, Subimos la alta, ancha escalinata de granito hasta el salón de los Pasos Perdidos (buen nombre, lástima. que fuera prestado) y allí en medio estaba Capablanca en su posición de eminente jugador de ajedrez que ha sufrido un jaque mate. Cuando nos acercamos, con reverencia, alzandome en las puntas de mis pies, pude ver todo lo que se podía ver de Capablanca: sólo su rostro. Estaba terriblemente pálido, gris más bien y en la nariz y en los oídos tenía torpes tapones de algodón. Capablanca se veía inmóvil y sin edad: estaba muerto, era evidente, aunque era un Inmortal.
El catafalco, palabra nueva, quedaba justo encima del diamante en el centro del enorme salón donde se perdían nuestros pasos. En medio , estaba el diamante, protegido por un grueso cristal que aseguraba su posesión y al mismo tiempo aumentaba su tamaño y su valor. El diamante aparecía como muchas mujeres, a la vez atractivo e inaccesible. Era, lo han adivinado, una versión cubana del colosal Kohinoor que Raffles, sus manos de seda nunca sobre la piedra trunca, soñó con robar. El diamante, además, no sólo era una piedra preciosa sino un mojón militar: marcaba el kilómetro cero de la carretera central, por orden del general Gerardo Machado, tirano de turno y guardia inmóvil, petrificado aún lado del feretro.
Ahora, joya sobre joya, el ataúd en que descansaba Capablanca, su estuche, se posaba, pesado, con su carga preciosa sobre el duro diamante popular y la acumulación de riquezas era casi insoportable para un niño como yo que trataba de comprender qué significaba tanta veneración,... porque miles de personas lloraban y se arremolinaban en las calles?.
Mi madre, gran mujer, una loca por la cultura, dijo definitiva:
«Es una gloria de Cuba».
No dijo fue sino es. Capablanca es. "
Autor : Guillermo Cabrera infante ( extracto de su libro., " Capa hijo de Caissa "" Vidas pararelas ")
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